Porque se odia más a un ladrón que un asesino
En fin, los Chicago Boys concientes de que se les había pasado la mano, decidieron moderar su política económica radical y llegar a un neo-liberalismo más pragmático. El paso de un estadio a otro estaría fragmentado en tres etapas claramente identificables:
- la del llamado “ajuste automático” que ocurrió entre 1981-82.
- la de la administración de la crisis (1983-84).
- la del reequilibramiento (1985-1988).
El éxito económico experimentado por Chile los años anteriores a la crisis se debía en gran medida al ahorro extranjero. El sector privado, al igual que en la depresión del 29, se encontraba fuertemente endeudado al punto de que su deuda representaba el 83,9% del total de la deuda nacional. De ahí que la escasez de dólares y divisas internacionales en el mercado financiero nacional, más el tipo de cambio fijo y la inexistencia de políticas moderadoras, repercutieran tan fuerte en la economía, implicando una abrupta caída del 14% en el PNB.
En esta primera etapa, lo que primó para hacer frente a la crisis fue nada más que las fuerzas del mercado. Los Chicago Boys apostaron a que la situación internacional mejorara en el corto plazo y no se extendería más de un año. Ya en 1982 el panorama era claro y el equipo económico del gobierno militar tuvo que aceptar que las condiciones económicas conocidas hasta antes de 1980 no volverían a repetirse.
Eso significaba un gran problema, debido a que al tener un tipo de cambio fijo, se afectó artificialmente los precios de todos los productos importados, creando una brecha entre los precios nacionales reales y los precios internacionales. Para solucionar el problema se debía o devaluar el peso chileno o bajar los salarios. El régimen hizo ambas cosas. Sin embargo, se negó a bajar las tasas de interés que para la época eran excesivas. Sergio de Castro, el hasta entonces Ministro de Hacienda, salió del gobierno y llegó Sergio de la Cuadra, también Chicago, pero con una visión más critica del sistema económico y a quien le parecía un atropello el asunto de las tasas de interés. El problema de las tasas consistía en que los bancos en su afán por evitar la quiebra adquirían grandes sumas del dinero disponible para créditos y que destinaban, a su vez, a empresas que pertenecían a los conglomerados que ellos controlaban. El resultado de todo ello era que, al ser escaso el dinero circulante para los créditos, forzaba al sistema financiero a subir las tasas de interés, las cuales afectaban a los empresarios independientes. Así llegó 1983 y vino la segunda etapa de la crisis.
Contrario a lo que se podría pensar, el régimen siguió defendiendo a los Chicago Boys y si bien ahora necesitaba hacer una cirugía un tanto mayor en la economía, el paciente podría sobrevivir. En la segunda fase de la crisis las protestas arreciaron y las autoridades se vieron forzadas a tomar cartas en el asunto y buscar soluciones que apuntaran a una reactivación de la economía.
En 1983 las quiebras estaban a la orden del día y el desempleo llegó al 30% y los bancos tenían un nivel de deudas que amenazaba con derrumbar el sistema financiero nacional. Los esfuerzos de de la Cuadra por acabar con los grandes conglomerados económicos habían sido estériles y la situación parecía que no iba a cambiar. Fue entonces cuando apareció Rolf Lüders como Ministro de Hacienda y economía. El ultra-liberalismo había tenido su oportunidad, y lo que antes fue una vacuna, ahora era una amenaza que ponía en riesgo la vida misma de la economía nacional. Sin vacilar, Lüders decretó la intervención gubernamental o disolución de las instituciones financieras más importantes del país, obteniendo así el 80% del sistema privado, principal acreedor. Sin embargo, la crisis ya estaba muy avanzada y las medidas tomadas por Lüders, aunque drásticas, poco hicieron en la práctica. Las manifestaciones populares no se hicieron esperar. La oposición antes desorganizada, ahora con los bolsillos vacíos y con las deudas que los tapaban, comenzó a tomar forma, creando el “día de protesta nacional”, el cual se hizo todos los meses durante los tres años más duros de la crisis. Los alicaídos partidos que hasta entonces había casi desaparecido de la escena nacional, vieron en estas protestas una oportunidad para volver a la arena política. Es importante notar que estas movilizaciones no eran sólo de los pro-democracia o anti-Pinochet, sino que también agrupaba a los capitalistas de tomo y lomo que hartos del pésimo manejo económico del gobierno veían la chance de manifestarse. Así fue como el General cometía una de las torpezas más grandes y que más tarde le costaría el gobierno, unir a los enemigos, logrando juntar a moros con cristianos en su contra.
Sin ir muy lejos de la Moneda, la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) había redactado el texto “Recuperación económica” en el que se exigían medidas prácticas y anti-cíclicas que fueran en contra de la recesión. Consideraban que para activar la economía se debían lograr en el corto plazo metas concretas como por ejemplo: llegar a un déficit fiscal cercano al 5% del PNB, asegurando con ello un fuerte nivel de inversión por parte del ejecutivo; lograr una inflación del 30% y una reducción de los impuestos, así como también estimular los sectores económicos más afectados por las altas tasas de interés. La coyuntura creada por el mismo gobierno lo obligó a tomar las medidas que los empresarios hace bastante tiempo venían exigiendo, pero que el ejecutivo se negaba a aplicar.
El salvavidas ofrecido y exigido por los empresarios tuvo éxito inmediato: las tasas de interés de corto plazo cayeron del 35% en 1982 a un 11,4% en 1984; el déficit fiscal aumentó a 3,8% del PNB en 1983 y a 4,8% en 1984. Se pusieron en marcha una serie de proyectos en infraestructura caminera y tanto la agricultura como la industria comenzaron a recibir protección frente a la competencia extranjera, la cual las tenía casi al borde de la quiebra.
En la tercera etapa de la crisis económica, la presión social vivida anteriormente se aflojó y las cuentas fiscales pasaron a las manos del nuevo Ministro de Hacienda de Pinochet Hernan Büchi. El joven economista tenía una visión más pragmática de la economía y sabía que las variables macroeconómicas que no se le podían escapar de la vista eran la balanza de pagos, el déficit fiscal y la inflación. Sin embargo, el neo-liberalismo seguía como doctrina económica indiscutida, debido a que lo único que varió fue la vertiente adoptada por el gobierno. La de Büchi era bastante más moderada que la de de Castro y compañía, y su norte no era otro más que el de reestructurar a la economía chilena para consolidarla entorno a mercados libre, abiertos y competitivos.

