10 diciembre, 2005

Porque se odia más a un ladrón que un asesino

La crisis económica del régimen: su caida
Para seguir con la tónica histórica, la crisis económica internacional ocurrida en 1982, le pegó a Chile en una magnitud como a ningún otro país. Esta vez, al menos, no terminó de sopetón con el gobierno de turno, pero si le hizo hacer varios ajustes importantes en su política económica y se podría decir que fue lo que le costo el gobierno, en cuanto hizo despertar a la ciudadanía del feliz sueño de prosperidad que vivían. A los chilenos de la época, no les importaba para donde fuera el mundo, porque sabían que para donde fuera, iba mal. Lo único cierto y verdadero era el paternalismo supervisor del Gobierno Militar que velaba celosamente por la prosperidad de la nación. Ni la democracia estadounidense ni el comunismo soviético sabían lo que era vivir en la felicidad de un estado rector, donde no se movía ni una sola hoja sin que el campeón de los chilenos lo supiera.

En fin, los Chicago Boys concientes de que se les había pasado la mano, decidieron moderar su política económica radical y llegar a un neo-liberalismo más pragmático. El paso de un estadio a otro estaría fragmentado en tres etapas claramente identificables:
  1. la del llamado “ajuste automático” que ocurrió entre 1981-82.
  2. la de la administración de la crisis (1983-84).
  3. la del reequilibramiento (1985-1988).

El éxito económico experimentado por Chile los años anteriores a la crisis se debía en gran medida al ahorro extranjero. El sector privado, al igual que en la depresión del 29, se encontraba fuertemente endeudado al punto de que su deuda representaba el 83,9% del total de la deuda nacional. De ahí que la escasez de dólares y divisas internacionales en el mercado financiero nacional, más el tipo de cambio fijo y la inexistencia de políticas moderadoras, repercutieran tan fuerte en la economía, implicando una abrupta caída del 14% en el PNB.

En esta primera etapa, lo que primó para hacer frente a la crisis fue nada más que las fuerzas del mercado. Los Chicago Boys apostaron a que la situación internacional mejorara en el corto plazo y no se extendería más de un año. Ya en 1982 el panorama era claro y el equipo económico del gobierno militar tuvo que aceptar que las condiciones económicas conocidas hasta antes de 1980 no volverían a repetirse.

Eso significaba un gran problema, debido a que al tener un tipo de cambio fijo, se afectó artificialmente los precios de todos los productos importados, creando una brecha entre los precios nacionales reales y los precios internacionales. Para solucionar el problema se debía o devaluar el peso chileno o bajar los salarios. El régimen hizo ambas cosas. Sin embargo, se negó a bajar las tasas de interés que para la época eran excesivas. Sergio de Castro, el hasta entonces Ministro de Hacienda, salió del gobierno y llegó Sergio de la Cuadra, también Chicago, pero con una visión más critica del sistema económico y a quien le parecía un atropello el asunto de las tasas de interés. El problema de las tasas consistía en que los bancos en su afán por evitar la quiebra adquirían grandes sumas del dinero disponible para créditos y que destinaban, a su vez, a empresas que pertenecían a los conglomerados que ellos controlaban. El resultado de todo ello era que, al ser escaso el dinero circulante para los créditos, forzaba al sistema financiero a subir las tasas de interés, las cuales afectaban a los empresarios independientes. Así llegó 1983 y vino la segunda etapa de la crisis.

Contrario a lo que se podría pensar, el régimen siguió defendiendo a los Chicago Boys y si bien ahora necesitaba hacer una cirugía un tanto mayor en la economía, el paciente podría sobrevivir. En la segunda fase de la crisis las protestas arreciaron y las autoridades se vieron forzadas a tomar cartas en el asunto y buscar soluciones que apuntaran a una reactivación de la economía.

En 1983 las quiebras estaban a la orden del día y el desempleo llegó al 30% y los bancos tenían un nivel de deudas que amenazaba con derrumbar el sistema financiero nacional. Los esfuerzos de de la Cuadra por acabar con los grandes conglomerados económicos habían sido estériles y la situación parecía que no iba a cambiar. Fue entonces cuando apareció Rolf Lüders como Ministro de Hacienda y economía. El ultra-liberalismo había tenido su oportunidad, y lo que antes fue una vacuna, ahora era una amenaza que ponía en riesgo la vida misma de la economía nacional. Sin vacilar, Lüders decretó la intervención gubernamental o disolución de las instituciones financieras más importantes del país, obteniendo así el 80% del sistema privado, principal acreedor. Sin embargo, la crisis ya estaba muy avanzada y las medidas tomadas por Lüders, aunque drásticas, poco hicieron en la práctica. Las manifestaciones populares no se hicieron esperar. La oposición antes desorganizada, ahora con los bolsillos vacíos y con las deudas que los tapaban, comenzó a tomar forma, creando el “día de protesta nacional”, el cual se hizo todos los meses durante los tres años más duros de la crisis. Los alicaídos partidos que hasta entonces había casi desaparecido de la escena nacional, vieron en estas protestas una oportunidad para volver a la arena política. Es importante notar que estas movilizaciones no eran sólo de los pro-democracia o anti-Pinochet, sino que también agrupaba a los capitalistas de tomo y lomo que hartos del pésimo manejo económico del gobierno veían la chance de manifestarse. Así fue como el General cometía una de las torpezas más grandes y que más tarde le costaría el gobierno, unir a los enemigos, logrando juntar a moros con cristianos en su contra.

Sin ir muy lejos de la Moneda, la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) había redactado el texto “Recuperación económica” en el que se exigían medidas prácticas y anti-cíclicas que fueran en contra de la recesión. Consideraban que para activar la economía se debían lograr en el corto plazo metas concretas como por ejemplo: llegar a un déficit fiscal cercano al 5% del PNB, asegurando con ello un fuerte nivel de inversión por parte del ejecutivo; lograr una inflación del 30% y una reducción de los impuestos, así como también estimular los sectores económicos más afectados por las altas tasas de interés. La coyuntura creada por el mismo gobierno lo obligó a tomar las medidas que los empresarios hace bastante tiempo venían exigiendo, pero que el ejecutivo se negaba a aplicar.

El salvavidas ofrecido y exigido por los empresarios tuvo éxito inmediato: las tasas de interés de corto plazo cayeron del 35% en 1982 a un 11,4% en 1984; el déficit fiscal aumentó a 3,8% del PNB en 1983 y a 4,8% en 1984. Se pusieron en marcha una serie de proyectos en infraestructura caminera y tanto la agricultura como la industria comenzaron a recibir protección frente a la competencia extranjera, la cual las tenía casi al borde de la quiebra.

En la tercera etapa de la crisis económica, la presión social vivida anteriormente se aflojó y las cuentas fiscales pasaron a las manos del nuevo Ministro de Hacienda de Pinochet Hernan Büchi. El joven economista tenía una visión más pragmática de la economía y sabía que las variables macroeconómicas que no se le podían escapar de la vista eran la balanza de pagos, el déficit fiscal y la inflación. Sin embargo, el neo-liberalismo seguía como doctrina económica indiscutida, debido a que lo único que varió fue la vertiente adoptada por el gobierno. La de Büchi era bastante más moderada que la de de Castro y compañía, y su norte no era otro más que el de reestructurar a la economía chilena para consolidarla entorno a mercados libre, abiertos y competitivos.

Los Chicago boys: la metida de pata del regimen

Con el gobierno militar a la cabeza del país y enfrentado a la tarea de resolver la crisis económica que se arrastraba desde la década de la gran depresión, es decir, por poco más de medio siglo, la cual se reflejaba principalmente en los índices de inflación anuales, y con la idea de depurar al país de la clase política, los militares buscaron implementar un modelo económico que no respondiera a una ideología especifica, sino que fuese un elemento de provenido de la más pura ciencia económica.

El único requisito era que no alentara los ánimos comunistas o socialistas y que tampoco fomentara visiones corporativistas provenientes de los grupos de presión. En pocas palabras, los militares, con Pinochet a la cabeza, querían reescribir la historia económica del país: hacer un año cero, donde las antiguas rivalidades de clase quedarán relegadas al pasado y no volviesen a ser tema de discusión en la arena política o social.

Así, la respuesta que buscaban la encontraron en un grupo de ingenieros comerciales de la Universidad Católica que venia llegando desde la Universidad de Chicago y que prometía aplicar una política económica neo-liberal que tenia como fin, liberalizar el mercado de todas las trabas y regulaciones estatales de modo que funcionara la libre competencia a sus anchas sin que nadie estorbara o distorsionara las fuerzas del mercado. Su principal hincapié está puesto en la regulación de la moneda, es decir, es de tipo monetario. Esta escuela considera que sólo controlando los flujos y tipos de dinero basta para que el mercado de autorregule. Asimismo, cree que el tamaño del Estado debe ser lo más pequeño posible.

Los llamados Chicago Boys dejaron contenta a la Junta de Gobierno por varias razones, entre las que se encuentran: lograron sus promesas en el corto plazo, no tenían una vinculación con los tradicionales grupos de poder empresarial, que estaban históricamente asociados a la derecha chilena, y porque los Chicago tenían la capacidad para controlar a grandes empresas nacionales. Por su capacidad financiera lograron adquirir velozmente los sectores más dinámicos de la economía nacional, es decir, servicios financieros, silvicultura, agricultura de exportación, minería y agencias exportadoras e importadoras.

Con la aplicación de esta política económica neo-liberal el mercado nacional había dejado atrás una historia de intervencionismos y protecciones estatales, abrazando ahora la más dura y salvaje competencia jamás vista en por estas latitudes. El sistema de economía mixta llegaba a su fin y la privatización de una serie de empresas estatales indicaba que el punto de retorno ya se había pasado. Medidas como el emparejamiento de las tasas arancelarias a un 10% y la fijación de la tasa de cambio nominal que quedó fijada a $39 pesos por dólar, fueron lo suficientemente atractivas como para atraer divisas extranjeras, las que hacia 1980 se habían triplicado en el sector de la banca. Con todo, el liberalismo no fue total y como se dijo el Banco Central siguió regulando el ingreso de divisas al sistema financiero.

Los éxitos de las medidas adoptadas por los Chicago Boys se vieron reflejados en cuestiones como el hecho de que por primera vez en su historia la clase media chilena se pudo endeudar en dólares baratos y acceder a productos y servicios antes impensables para ellos. Incluso las clases bajas tuvieron acceso a créditos de consumo, lo que a todas luces era un gran salto hacia la estabilidad económica anhelada por la Junta de Gobierno. En el aspecto más técnico, había otros indicadores macroeconómicos que daban razones para sacar cuentas felices, como lo son los niveles de: las reservas en divisas, los salarios, las exportaciones no tradicionales, la inflación, las tasas de interés y el desempleo. Si bien este ultimo era casi el doble que en 1970, las expectativas económicas prometían un futuro esplendor.

Sin embargo, este veranito de San Juan poco duraría. En el horizonte, las malas cifras relacionadas con la balanza comercial, la caída de los niveles de ahorro interno, la sobre valoración del peso y la perdida de competitividad de las empresas chilenas a nivel internacional, aguarían la fiesta del régimen en 1982.

Se odia más a un ladron que a un asesino

Inspirado en Sofía Correa II
La depuración del sistema político iniciada por Pinochet tras el golpe tiene como uno de sus puntos más altos, la constitución de 1980. El texto redactado por Jaime Guzmán, jefe del gremialismo, tiene visos notablemente monárquicos, pues traslada el núcleo de poder desde los partidos políticos y la participación ciudadana a la reserva moral de las fuerzas armadas, y le otorga, facultades extraordinarias a la primera magistratura del país. Además, fija una serie de medidas transitorias que norma el actuar del congreso nacional durante un tiempo nada despreciable y en materias de importancia.

Sin embargo, lo que parecía ser un triunfo rotundo del gremialismo, no tardó en encontrar su fin en 1982. La crisis económica que golpeó al país en esos años no dejó títere con cabeza dentro del gremialismo y gobierno, y caló profundo en la conciencia nacional. Los que habían apoyado al régimen y hecho la vista gorda a temas como los derechos humanos, vieron como una seria amenaza los ajustes económicos del régimen y rápidamente comenzaron a repensar la posibilidad de una vuelta a la democracia. Es entonces cuando la transición comenzó verdaderamente a tomar forma. Varios grupos de oposición, encabezados por la Democracia Cristiana, comenzaron a hacer gestiones para llevar a cabo lo que la feliz constitución del régimen, aprobada dos años antes, consignaba como la mayor manifestación popular: el plebiscito. Manteniendo la tradición legalista y la fidelidad a las instituciones, la debilitada clase política aceptó los términos de esta nueva democracia y se enmarcó en el sistema impuesto por la constitución de Guzmán. Ahora y según Correa, torturadores debían aprender a convivir con torturados, ambos forzados por la constitución de 1980, resultando como gran ganador de esta tensión política la derecha chilena, particularmente el gremialismo, ahora Unión Demócrata Independiente (UDI). Eso es en lo político, pero también esta la variable económica que es tanto o más trascendente.

La transición económica es otra vertiente importante que vale la pena analizar y que también tras la crisis de 1982, aparece en la escena nacional, cuando los empresarios que estaban del lado del régimen comenzaron a mirar con buenos ojos a la democracia. La economia también fue un protagonista más en la crisis de 1973, tanto en su desenlace como en su gestacion. En el Chile de la epoca, el excesivo centralismo economico, traducido en los monopolios del gobierno en una serie de sectores industriales, sumado a la dependencia de las fluctuaciones internacionales, principalmente de Estados Unidos, hacian del pais una nacion sumamente frágil y vulnerable económicamente, lo que por extensión repercutia en la estabilidad del gobierno. Asimismo, la falta de inversiones extranjeras y nacionales en las redes camineras y de obras publicas, y la alarmante distribución del ingreso, hacían que las muchedumbres pobres y aisladas del país engancharan rápidamente con los discursos reivindicadores de la izquierda en contra de la indiferencia de los momios.

Todo partió un once

Inspirado en Sofía Correa I

En 1973, el sistema político y de gobierno del país estaba obsoleto y la moda política de los tiempos hace rato que había superado a las instituciones de la república: la altísima fragmentación que presentaban los partidos políticos de entonces; las irreconciliables doctrinas políticas que defendían cada uno y que obedecían a las ideologías mundiales de turno; la existencia de sectores irresponsables, cuya orientación no apuntaba a lograr el gobierno, sino echarlo a bajo; la angustiosa realidad legal y administrativa a la que se veían sujetos los altos funcionarios de gobierno, dejándolos amarrados de manos para llevar a cabo cualquier acción destinada a superar la agitada actividad política; la presión de Estados Unidos por derrocar al gobierno de Allende; y, quizás el hecho más sobresaliente de todos, el fallido intento del General Carlos Prats por reestablecer la cordura en la política chilena, mediante el uso estratégico de influencias al interior de La Moneda, y no de la manera militar, es decir, sin un acuertelamiento de tropas o salida de conscriptos a las calles, entre otras medidas, fueron los elementos que compusieron el cuadro institucional del país en la época y que indujeron a las fuerzas armadas a cometer un golpe contra los políticos de la nación, quienes habiendo tenido todas las oportunidades para enmendar el rumbo no fueron capaces de hacerlo.

Más aún, querían hacer un plebiscito para escuchar la voz del pueblo y fijar, a la luz de los resultados, el rumbo del país. En fin, al margen de si el plebiscito convenía o no a un grupo político más que a otro, hay algo que era claro, los comandantes en jefe de las fuerzas armadas no estaban para aguantar otra pirueta política y dejar entre tanto que las aguas al interior de sus filas se agitaran o derechamente se dividieran. Por eso, cuando vieron la oportunidad, la tomaron, teniendo muy presente que algo había que hacer con estos políticos incompetentes. Así las cosas y tras el golpe del 11 de Septiembre de 1973, Pinochet, que encabeza la Junta de Gobierno, llega al poder y dice tener 3 opciones para gobernar:

  1. hacer un gobierno transitorio y momentáneo entre un periodo presidencial y otro.
  2. iniciar un régimen cívico-militar depurador de las estructuras e instituciones de poder.
  3. establecer un régimen militar absoluto y permanente, tal como lo han hecho otros antes que él en distintos lugares del mundo, incluso sus mismos camaradas de armas contemporáneos de Latinoamérica.

Claramente optó por el segundo, desechando las otras dos opciones. Tal decisión fue fruto, a mi entender, de que tanto Pinochet como los otros generales de las fuerzas armadas estaban conscientes y sabían que la primera alternativa no era una solución, debido a que si se inclinaban por ella, lo más probable que ocurriría es que a poco andar nuevamente se cayera en catástrofe político-institucional similar a lo que fue el 11 de Septiembre de 1973.

Respecto de por qué la tercera opción también fue desechada, aún cuando era una oferta muy tentadora para el General, la respuesta que más coherencia tiene, a mi parecer, es que tampoco podía tomarla, debido a que Pinochet había sido el último en sumarse a la tripulación de este bote golpista y todavía no contaba con la influencia suficiente como para eclipsar a figuras como Merino, Leigh o Arellano Stark.